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| Cuentos de Tokio | ||||||||||||
El título de esta sección está dedicado a la película de Yasujiro Ozu del mismo título (en japonés, Tokio Monogatari). En ella, un matrimonio ya mayor decide ir a visitar a sus hijos a Tokio. Conviven con uno de ellos, médico de profesión, del que se separaron años antes por la guerra. Al llegar a Tokio comprueban que lo que les separaba de él no era sólo la distancia, sino que se ha creado un abismo entre ellos. Su hijo es ahora un desconocido, y descubren también, aparte de las diferencias generacionales, cómo es de diferente la vida del campo a la ciudad y cómo la educación que inculcan a sus nietos ya no se parece en nada a la que ellos dieron a sus propios hijos. A veces no hace falta viajar a miles de kilómetros de casa para encontrar una forma de vida completamente distinta.Esta sección está dedicada a relatos de viajeros que ya han visitado el país del sol Naciente
Mi viaje ha tenido algunas particularidades respecto a lo que suele ser un viaje a Japón. En mi caso no fui con un viaje organizado (más bien al contrario) sino con una mochila con poca ropa, unas hojas con algunas informaciones cogidas de internet, una cámara de fotos, un bloc de notas, mucha música en el bolsillo y un JapanRail Pass de una semana que me permitía moverme con libertad, puntualidad y velocidad por el país. No es un país que atraiga a los mochileros (al menos españoles, porque sí he encontrado alguno de otros países) porque ese plan de "viajar de baratillo" no parece posible en uno de los países más caros del mundo, según dicen. Sin embargo, es posible (al menos relativamente), os lo aseguro. Y para los españoles es fácil controlar el gasto ya que el yen está hoy en día casi como la antigua peseta: 1€ equivale a unos 140-150yen, que a su vez equivalen, por lo tanto, a unas 166 pesetas. Así pues basta con ver los precios en yenes para tener una buena orientación si necesidad de hacer conversiones rompecerebros.Japón es un país caro si te mueves en taxi y te vas a un hotel, como cualquier otro país industrializado. Pero sin grandes esfuerzos puedes encontrar precios muy asequibles, incluso más que en Europa y Norteamérica sin ninguna duda. Empiezo por el principio: el plan. Debido a lo reducido de mi visita (13 días) debía llevar las ideas claras, qué ver, cómo, cuándo... y marcharme al siguiente sitio. Sin embargo, todo esto lo iría decidiendo sobre la marcha dentro de un abanico de posibilidades programado desde aquí. Decidí establecer dos "cuarteles generales" en dos ciudades radicalmente opuestas: Kyoto y Tokyo, y desde ahí moverme a placer a donde me pidiera el cuerpo cada día (todas las noches planeaba algo para el día siguiente y casi todas las mañanas lo cambiaba y hacía lo que me daba la gana). Quería así ver primero el Japón más tradicional y después el más moderno. Entre ambos puntos, pensé pasar una noche fuera de una gran ciudad, en la zona del FujiYama. Aterricé en Tokyo a las 8am hora local y directamente me fui a Kyoto, volando con el Shinkansen, iniciando así mi periodo semanal de Pass. Allí me alojé en un albergue humilde y pequeño por 16€/noche ("cutre" dirían algunos, no sé, yo he estado en sitios más cutres en Europa, más sucios, más caros y peor atendidos). Moverse por Kyoto es relativamente fácil aunque cuesta acostumbrarse al funcionamiento de los autobuses (220yen un trayecto, 500yen el pase para todo el día). Una vez visto que ni durmiendo ni moviéndome en bus iba a arruinarme, entré a una tienda de 24/7 para comprar algo de comida (no es difícil encontrar una). Y la agradable sorpresa fue que venden bandejas de comida preparada que si quieres te la calientan en la misma tienda al pagar (naturalmente te dan toallita húmeda, palillos y palillo para limpiarte los dientes) que oscilan entre los 400 y los 1200yen, dependiendo de lo fino que tengas el morro ese día. También puedes comprar sushi en estas tiendas. Bien, cómo mínimo no volvería pobre a Europa una vez cubiertas las necesidades básicas. Abrí el plano y me dirigí a mi primer destino para ver un templo (no voy a describir los lugares que he visto porque cualquiera los ha descrito ya en otros relatos mejor que yo, prefiero describir "mi vida" allí para aportar algo diferente) y pagué unos 400 ó 500yen. ¡Estupendo! Dormir+moverme+comer+cenar+2 entradas al día= unos 5000-6000yen al día aproximadamente, y mi presupuesto, antes de saber cómo eran los precios en Japón y habiendo oído que era extremadamente caro, era de unos 10000yen al día ¡Japón costaba la mitad de lo que yo pensaba! Una vez solucionado el dilema económico pensé: " ando suelto y con pasta suficiente para hacer lo que quiera: que tiemble Japón ". En ese momento... hubo un pequeño terremoto (¡es coña!). Así pues estuve varios días disfrutando de Kyoto y viendo todas las cosas típicas y no tan típicas. En el albergue conocí otros viajeros y por las noches nos contábamos lo que habíamos visto y hacíamos planes juntos para el día siguiente. Salimos el sábado por la noche a tomar algo para ver la vida nocturna de la ciudad y fuimos a templos y barrios que no están en los mapas. Conocimos gente simpática y curiosa que nos hacía preguntas de lo más peculiar (aunque atención: la gente en general habla mucho menos inglés del que yo pensaba, pero no hay problemas para entenderse en estaciones de tren y metro). Los japoneses que me he encontrado me han mirado con tanta curiosidad como yo a ellos: mido casi 2metros, tengo una barba muy poblada y rojiza (pero sin bigote, tipo musulmán), un aro en la ceja y dos pendientes de oro; la mayoría de los turistas allí son rubios de ojos azules y poco sociables. Pero Kyoto es una ciudad muy turística y decidí moverme a otros lugares en excursiones de un día gracias al JRPass (muy recomendable) Visité en primer lugar Kobe, moderna ciudad con un precioso parque portuario (memorial del gran terremoto de 1995), un bullicioso Chinatown y un alejado y tranquilo distrito de Nada (centro mundial de producción de sake). Visité también Hiroshima, concretamente el 6-VIII-2006, 61ºaniversario del lanzamiento de la bomba atómica. Fue muy interesante visitar la ciudad tan señalado día, sobretodo el Parque del Memorial de la Paz con decenas de actos conmemorativos, tenderetes de ONG's, iniciativas pacifistas... También visité Nara, bastante más turística que las dos anteriores pero también con un gran parque repleto de ciervos domesticados y muy amistosos en el que se erigen varios templos. Una vez cumplido el objetivo en Kyoto y alrededores de ver el Japón tradicional y visitar Hiroshima el 6-VIII, me dirigí al FujiYama. Al ser mi último día de JRPass no fui por el camino más corto y rápido, al contrario: estuve viajando unas 9-10horas dando un gran rodeo para llegar desde el Norte y poder tener una panorámica de los paisajes montañosos del Japón interior. El trayecto no fue en trenes Shinkansen, pero en cualquier caso eran de tanta calidad y mayor comodidad que casi cualquier tren europeo que yo haya visto (incluyendo los "alta velocidad" de Francia, Alemania e Italia). Me hospedé en lo que yo creía que era una pensión (se llama Pensión Montelac) por unos 5000yen la noche (por una noche me lo podía permitir) pero al llegar me encontré una encantadora casita en medio del bosque junto al lago Yamanake con baño con sauna y un hidromasaje junto a la ventana por la que se veía el lago y el volcán de fondo: alucinante ¡¡¡Y yo me esperaba la "Pensión Mari Pepi"!!! El lugar estaba tan aislado que tenías que llegar hasta cierto punto tras varios trenes y autobuses locales y desde allí llamarles para que fueran a buscarte en coche (sin coste adicional) si querías ahorrarte 70 minutos andando. Era perfecto, justo lo que buscaba. El matrimonio que lo atendía era amabilísimo (sólo el señor Suzuki-san hablaba un poco de inglés) pero la única "pega" era que todo lucía un "estilo occidental" que no es lo que uno busca cuando va a Oriente. De hecho, allí he visto el único tenedor de todo mi viaje. La mañana siguiente Suzuki-san me llevó de nuevo a la parada del bus y de allí me fui a Tokyo (ya con el JRPass agotado). Era tan amable que quería regalarme un paraguas suyo porque llovía algo, pero yo ya llevaba el mío (un vitoriano de pro nunca sale de casa sin su paraguas " para por si acaso " ¿Sabéis cómo reconocer un vitoriano en Cuba? Somos los únicos que llevamos una chaqueta en el brazo " por si refresca "; lo llevamos en la sangre: en "Siberia-Gasteiz" no te puedes fíar del tiempo) En Tokyo mi albergue era algo más caro (22€) pero todo un palacio comparado con el humilde de Tokyo. Las instalaciones eran novísimas y de excelente calidad, las camas lo suficientemente largas como para que un/a tí@ de mi altura no pegue con los pies en la parte anterior (¡¡medirían unos 2'10!!), entrabas en la habitación con tu tarjeta magnética, tenía 5 plantas, etc. Repito lo de siempre: no será el país más barato del mundo, desde luego, pero esa relación calidad/precio aún no me la he encontrado en Europa. Era excelente pero... era menos familiar, más frío e impersonal que el de Kyoto. En Tokyo visité los barrios de Asakusa (donde estaba mi albergue), Odaiba, Shinjuku, Harajuku, Shibuya, Ginza... Pero tampoco voy a entrar en detalles porque no voy a deciros nada que no podáis leer en cualquier web de turismo. Y desde allí me moví también un día a Yokohama, que está literalmente pegada a Tokyo. Pensaba que Tokyo sería más caro que Kyoto, pero es tan grande que te puedes encontrar de todo y sin dificultad. Incluso un pequeño restaurante en la calle más cara de Japón, compartiendo acera con tiendas de Cartier y Chanel, donde puedes comer un generoso bol de arroz con carne y salsa por 400yen, por ejemplo. Me permití hasta 4 veces comer en restaurantes Kaiten-Sushi (los típicos restaurantes para degustar esta comida) y varias más comer en restaurantes normales porque los precios no eran estratosféricos precisamente. Entiéndanme, Japón no es barato, no pretendo decir eso, no es China o Sudamérica pero tampoco es el monstruo come-divisas que yo tenía entendido. Basta con saber dónde buscar, ser más list@ que el hambre. Mi presupuesto me dió para vivir todo esto y más en el país del sol naciente: comprarme 3 camisetas, 10 cd's de música, subirme a una noria gigante para hacer fotos, darme un paseo en barco por el puerto de Kobe, no cargar con una botella de agua en la mochila sino comprarme una fresca cada vez que lo necesitaba, tomarme un helado cuando me apetecía... En fin, cosas que normalmente no te permites si llevas un presupuesto ajustado. Al margen de todo esto sólo puedo decir que creo que Japón es una visita tan recomendable como apta para el pleno disfrute de los sentidos. La población en general no es proclive a acercarse al visitante (salvo los que hablan inglés) pero si tú te acercas jamás rechazarán ese contacto, incluso aunque no sean capaces de entenderte ni tú a ell@s. La suciedad y la inseguridad en las calles brilla por su ausencia. La educación y las buenas maneras se observan en las actitudes y comportamientos no tanto de las personas individualmente como de la masa, la cual está preparada para optimizar la funcionalidad del conjunto. Nada es casual, nada sirve para varios usos, todo está en su lugar, todo está en orden, el caos está tenido en cuenta: si observas un paso de peatones, un andén de metro, el tráfico... te percatas de que el mismo abigarramiento se repite una y otra vez, con diferentes protagonistas pero siempre en el mismo modo, siguiendo el mismo orden, porque las vías y los comportamientos están marcados tácitamente. En fin, esto ha sido un resumen de mi experiencia en Japón. Para más información: iinnffooss@gmail.com Reciban de mi parte una inclinación de cabeza.
Siempre me ha gustado viajar, considero que las experiencias vividas te ayudan a crecer como persona. Año 2002. Tras vivir durante tres años y medio en Zaragoza, donde estuve estudiando y trabajando, una muy buena amiga, Eva, me comentó sus intenciones de marchar a Nueva Zelanda y vivir allí con una familia como au-pair, durante una larga temorada. Nueva Zelanda es un país al que siempre había querido ir, desde que tiempo atrás vi un reportaje en televisión; eso más mis ánimos aventureros y una vida que no pasaba por buenos momentos hicieron que me decidiera a volar con Eva. Consegumos una familia para cada una (gracias a internet). Yo sabía que una parte de mi estancia con la familia Schuler sería en Japón, ya que el padre, Kevin, era entrenador de rugby para un equipo japonés. Sin embargo no sabía que pasaría más tiempo en el extremo oriente que en Nueva Zelanda, ni que me tocaría viajar en avión tantísimas veces como hice aquel año. Aún recuerdo cuando subimos a aquel avión, donde cada asiento estaba equipado con un televisor individual, con azafatos y no sólo azafatas; un gigantesco avión donde la mayor parte de la gente hablaba inglés, y por aquellos tiempos mi inglés era, digamos, penoso, un nivel básico bajo. Incluso si oía a niños hablando en perfecto inglés me daban envidia, y me sentía como una aguja perdida en un pajar, pero allí estaba yo, con mis nervios y mis ganas al mismo tiempo. Así que cuando me abroché el cinturón, y escuchando a la gente de mi alrededor, pensé: "¿Dónde narices me he metido?"... Pero ya no había marcha atrás. Nuestra primera parada fue Singapur, donde nos tocaría esperar unas horas hasta que saliera el avión que nos llevaría a New Zealand. Por cierto, uno de los aeropuertos mejor equipados que he conocido ha sido ese, por tener tenía hasta cine. Conseguimos hacer un tour por Singapur, así la espera se nos hizo menos larga y de paso vimos un poco de la ciudad. La verdad es que era bonita, y recuerdo el calor que pasamos con nuestra ropa de invierno. Era enero, y allí hacía calor y mucha humedad, lo que nos hizo sudar considerablemente. Llegó la hora de volar a Auckland, New Zealand. Al llegar nos recogió la mujer de la agencia de au-pairs, que nos llevó a cada una con nuestras respectivas "familias adoptivas" . A mí me llevó primero, y aún recuerdo cuando vi a Michelle, la madre, que entonces estaba embarazada de seis meses. Sabían que yo no dominaba bien el inglés, así que cuando entré en la casa, la única hija, Morgan, me dijo: "Yo seré tu profesora de inglés" . Era (y es) una familia encantadora, aún sigo en contacto con ellos y espero volver a verles algún día. En New Zealand viví en total cuatro meses. En ese tiempo, Eva, un amigo de ella que vino de Pamplona de vacaciones, y yo, nos fuimos a la isla sur, donde hay unos parajes, unos bosques y unas ciudades preciosas. Vimos los fiordos, subimos al glaciar, recorrimos rutas por bosque llenos de vegetación, y hasta nadamos con tiburones. Fue una experiencia inolvidable, y quien ame la naturaleza no puede perderse la belleza de New Zealand. A finales de mayo, principios de junio, hicimos nuestro primer viaje a Japón, para estar allí poco más de un mes. Íbamos en el avión Michelle, Angus, Morgan, Joseph y el recién nacido Loui. Y yo, claro. Llegamos al aeropuerto de Nagoya, una ciudad bastante grande, a dos horas de donde nosotros viviríamos. Kevin nos vino a buscar. Una vez salimos del aeropuerto todo eran edificios, luces de colores, carteles en japonés en cualquier sitio que miraras, gente, coches, y un ambiente gris, pero me emocionaba el estar allí. No me imaginaba el país así, supongo que no me lo imaginaba de ninguna manera. Iwagata era un pueblecito de casas bajas, prácticamente todas iguales, grises, aunque con las calles muy limpias, no veías ni un papel en el suelo... Mi mayor sorpresa fue ver gente sin ojos rasgados, occidentales. Entonces me enteré de que en la zona había una gran población procedente de Brasil, gente "misturada", como ellos dicen, descendientes de inmigrantes, mitad brasileños y mitad japoneses, y también brasileños casados con japoneses por amor o por papeles. Nuestra casa era gigantesca en comparación al resto de las casas japonesas, que, como bien es de todos conocido, deben ahorrar espacio y se inventan de todo para que no les falte nada en pocos metros cuadrados. Vivíamos en un apartamento de dos plantas. En la de arriba había dos habitaciones, una era el cuarto donde guardaban los juguetes y jugaban los niños, y la otra un dormitorio. En la planta de abajo había tres dormitorios, el w.c., la ducha (iban por separado), una cocina que se comunicaba con el salón, y una terraza gigantesca, y como era el último piso, se divisaba todo el pueblo de Iwagata. La cocina tenía estanterías que subían y bajaban dando a un botón. Los cuartos eran de estilo occidental, quitando algo de la típica decoración oriental, como biombos de bambú. Los de los críos eran de estilo japonés, cada uno dormía en tres colchones finos estirados en el suelo. Estos colchones, cada ciertos días, se sacaban a la terraza y se colgaban, de esa manera se aireaban y cogían volumen. Por eso muchas mañanas veías en los balcones de las casas colchones colgados. Ahora, que después, cómo pesaban los condenados... De la casa lo que más me impresionó fue el w.c. Abrías la puerta y la luz se encendía sola. Te sentabas y tenía unos reposabrazos como un sofá. Estos estaban provistos de botones de manera que podías realizar distintas funciones, además de hacer tus necesidades, lavarte tus partes íntimas, calentar el asiento, y alguna otra cosa... Tenían la bañera con sus grifos, y en la pared aparte de ésta estaban los grifos de la ducha, que podías colocar más arriba o más abajo, un espejo y una banqueta. Michelle me contó que los japoneses tenían la costumbre de llenar la bañera, y cada miembro de la familia usaba ese mismo agua, pero antes de entrar en ella se sentaban en la banqueta y se daban una ducha, como para quitarse la suciedad mayor, y luego se metían en la bañera, y así uno por uno. Aunque las costumbres se van perdiendo, Japón está muy occidentalizado, y no todas las casas cuentan con un cuarto de baño tan grande como el que teníamos. Michelle me presentó a una conocida suya australiana, Tracy. Ella tenía 37 años, y llevaba bastantes viviendo y trabajando en Japón. Quedábamos en Hamamatsu, que era la ciudad con bares y comercios más cercana. Allí no existen los autobuses comarcales, y el medio de transporte más común (aparte del coche) es el tren. Yo tuve suerte de vivir cerca de la estación, y a raíz de ahí salíamos todos los fines de semana. Con Tracy comencé a tener vida social, y no precisamente con japoneses, ya que en esa zona la mayoría de la población era extranjera. Había tiendas exclusivas de productos brasileños, ya fueran de ropa, comida, o música; restaurantes y discotecas, todo brasileño. Nosotras solíamos ir a un bar llamado "Amigos", cuyo dueño era australiano, y donde la mayor parte de la clientela era extranjera, australianos, neozelandeses, israelitas, canadienses, ingleses, rusos, y hasta algún español. Hice amistades sobre todo con gente brasileña. Después de ese mes y medio regresamos a New Zealand, tan sólo para una semana. Volví a ver a Eva y le dije que echaba de menos Japón. Ella me preguntó por qué, si era bonito, o cuál era el motivo, y la verdad es que lo que conocía no era bonito, no podía darle una respuesta, simplemente lo echaba de menos. Transcurrida una semana, en la que estuvimos viviendo en un hotel, ya que acababan de vender la casa, fuimos a Australia de vacaciones por ocho días. Allí estuvimos en la playa, visitando amigos de Michelle y Kevin, y al finalizar las vacaciones volvimos a Japón, ya para asentarnos allí hasta el final de mi estancia con ellos. Nuestra primera parada fue en un hotel de Singapur, donde hicimos noche, y de allí directos a Japón. Ya era julio, Japón en verano es muy caluroso y húmedo, y los japoneses usan unas toallitas pequeñas a modo de pañuelo de bolsillo, que utilizan para secarse el sudor. El regreso no fue tan bueno como esperaba, ya que había hecho amistades que pensaba que me llamarían, y no fue así. Veinte de julio, mi 24 cumpleaños. Michelle me hizo una tarta de chocolate muy rica y me prepararon una pequeña fiesta. La noche me la pegué llorando en mi cuarto, ya que pensaba haberlo celebrado de otra forma, pero bueno, así es la vida. Al día siguiente los nuevos inquilinos de la casa de Auckland les enviaron un fax diciendo que habían recibido un ramo de flores. Lo enviaban mis amigas de Zaragoza, pero se olvidaron de que ya no vivía en New Zealand; una pena no haberlo visto. . En Japón era impresionante ver que en cualquier lugar, en el rincón más insospechado, donde no había ni edificios, encontrabas máquinas de bebidas calientes y frías, máquinas de tabaco, y tiendas de ultramarinos donde podías comprar de todo, desde el famosos sushi hasta pintalabios, y abiertas las 24 horas del día. Los baños públicos eran como duchas, a ras de suelo. Una postura de descanso para los japoneses es en cuclillas, y están así esperando, descansando, comiendo, e incluso (aunque suene mal decirlo) defecando. Los estudiantes llevan uniforme, y las chicas, antes de entrar al colegio y también al salir, se subían las faldas por la cintura, de manera que se quedaban con una super-minifalda. Japón es un país muy comercial, muy consumista. La gente, sobre todo gente joven, van a la última moda en ropa, peinado, gafas de sol supermodernas, pestañas postizas, uñas postizas... Y la tecnología, lo último, imagínate, hablamos de Japón. Relación con japoneses tuve muy poca. La gente japonesa en general (siempre hay excepciones) es muy cerrada. Te atienden siempre con una sonrisa, ya que eso es parte de su cultura, son educados y respetuosos. Pueden parecer muy felices, aunque luego por dentro cada uno lleva su calvario. Es gente que trabaja de sol a sol, unos ganan más y otros menos, pero casi no tienen días de fiesta ni vacaciones, así que cuando pueden gastan su dinero en karaokes, donde pagan a gente para que les cante una canción. Hay locales llenos de máquinas tragaperras y normalmente todas están ocupadas. Dicen que es un país de los más seguros, si te dejas algo en el tren vuelves y lo encuentras, ahora que con la cantidad de gente extranjera que hay eso está cambiando, y a los japoneses no les agrada que haya tanta población brasileña como hay. Es muy limpio, aunque también muy contaminado. Recuerdo cuando salía a la terraza a fumar, miraba el ambiente y veía como motas de polvo chiquititas, parecía que llovía, pero era la contaminación. Cada año, en verano, se celebra durante un fin de semana una fiesta brasileña en la playa, donde puede acudir quien quiera. Allí me apunté yo, y me lo pasé en grande, bailando, sambando, y conociendo gente. Al finalizar me quedé con unos amigos que me invitaron a ir con ellos, pues habían quedado para bañarse en un río con más gente brasileña. Yo no llevaba ni toalla ni bikini, pero la chica me prestó uno suyo, un bikini brasileño, que para más detalles son cortitos, estrechitos, y, digámoslo así, con poca tela. La verdad es que el baño en el río me sentó muy bien, pues estaba sin dormir y hacía un calor espantoso.
Con Anne y otro grupo de extranjeros fuimos a cenar otra noche a un restaurante japonés. La decoración era preciosa, y antes de entrar debías quitarte los zapatos, algo típico también en todas las casas, es parte de su cultura. Pasamos una noche excelente, y Anne me comentó que se marchaba a trabajar a Seul, Korea. Me penó mucho, pero al mismo tiempo fue una ventaja, ya que yo tuve que abandonar Japón por el tema del visado, que no me permitía estar más de tres meses en Japón, y me fui el fin de semana a Seul con ella, donde nos lo pasamos genial. En general los koreanos son personas más extrovertidas, más fáciles de conocer, y físicamente más guapos (esto generalizando, ya se sabe que siempre se cometen errores). Eran algo machistas, aunque en Japón también. No conducían más que hombres, las mujeres no podían fumar mientras caminaban por la calle, y muchas se escondían en el baño. Había muchísima vida por la calle, llena de chiringuitos donde se comía genial. Fueron unos días geniales, comiendo, bebiendo, y disfrutando. A mi regreso ya me avisaron de que probablemente me harían preguntas en el aereopuerto. Y así fue. Un japonés me estuvo interrogando, eso sí, en castellano, al ver mi pasaporte, y aún contándole que vivía con una familia neozelandesa me hablaba en español, lo cual me sorprendió. Fue un cuarto de hora y me dejaron entrar. Todo el mundo habla exagerado de Mont Fuji, que era muy difícil, que si costaba unas 7 horas subirlo y 5 bajarlo, que arriba faltaba oxígeno... La cuestion es que Michelle y las demas neozelandesas propusieron subirlo y me ofrecieron a ir con ellas, por supuesto yo acepté, y Michelle no hacía más que decirme si estaba segura, que era muy duro, que arriba falba oxígeno, todo porque yo fumaba. La verdad que me metieron nervios en el cuerpo pero al mismo tiempo estaba deseando subirlo.
Llegamos a la cima, yo la primera, claro, y seguí caminando hasta una especie de montaña desde donde se apreciaba mejor la puesta. Por supuesto, las demas se quedaron agonizando e incluso devolviendo de lo malas que se pusieron, y yo me acuerdo de la energía que tenía. Cuando estaba andando para llegar al otro lado y así ver mejor la puesta, vi a un par de japoneses como agonizando, super cansados de haber subido el monte. Yo les miré y dije "qué exagerados" , y cuando iba a pasar de una roca a otra mirandoles con cara de "en fin..." un brazo me apartó y ahí fue cuando me di cuenta que estaban filmándoles, estarían grabando una película, o alguna serie, casi me muero de la risa. Los últimos tres meses de estancia en Japón, Eva vino a vivir, y gracias a Tracy le conseguimos alojamiento y trabajo en el bar "Amigos". Estuvimos en Kioto, ciudad de templos y jardines, era precioso. Nos apuntamos al rito del té, donde una japonesa movía su muñeca a modo de batidora, a una velocidad impresionante. Un té exquisito, por cierto. Un día, paseando por las calles de Hamamatsu, le pregunté a una brasileña si sabía de algún ciber. Nos explicó dónde estaba, y más tarde la volvimos a ver, nos preguntó si lo habíamos encontrado y se animó a juntarse esa noche con nosotras. Eva trabajaba, pero yo quedé con ella y con otra brasileña, que aunque aún no lo sabíamos, era amiga de las dos. Esta chica, con la que aún tengo contacto, nos ayudó muchísimo, e incluso le buscó un trabajo en una fábrica a Eva. En la fábrica trabajaba de ilegal, y muchísimas horas, pero tras los tres meses intensos que Eva permaneció en Japón, comprendió por qué yo lo echaba de menos. Japón es un país en movimiento las 24 horas del día, el país de la gente sonriente y el consumismo. Japón, donde quien lleva un tiempo, y se junta con gente que lleva más años allí, nota la locura en sus ojos, su forma de actuar y hablar. Si eres extrangero, aléjate de las bandas de motoristas, no les gustas. Japón, con sus hoteles del amor, donde la gente va a "eso", y son super discretos, nadie te ve ni tu ves a nadie. Habitaciones con catálogos de vibradores, con juegos de luces, con órganos para tocar música o aparatos de gimnasia. También estaban las "hostles" (no sé cómo se escrible), chicas, la mayoría de otros países, a las que se paga una gran cantidad de dinero por hacer compañía al hombre que recurre a sus servicios. Habla, comen, beben, no tienen por qué tener sexo necesariamente, y dependiendo del lugar donde trabajen ni las pueden tocar, porque tan solo apoyar una mano en el hombro de la chica era motivo para que apareciera el guardaespaldas. Si conoces a alguna, como yo conocí, te das cuenta de que su cabeza no funciona adecuadamente. Conocimos a algunas de estas chicas, y la verdad estaban todas bastante mal. Alcohol y drogas, una mezcla explosiva. Supongo que dependiendo de dónde estés, con quién te juntes y lo que hagas, tienes un concepto diferente, pero creo que es digno de ir a vivir allí, tal vez para una visita corta, tal vez para una larga temporada. Yo volvería a ir, aunque sólo fuera para recordar. www.viajeajapon.com agradece a Nazaret Laranjeira su colaboración, así como a la página sinrumbo su colaboración. El texto y las fotos son publicados con el permiso de ambos
Mi esposa es japonesa y una vez al año viajamos a Japón, país que por cierto a mí me encanta. Lo que voy a relatar ocurrió en agosto del año 2001, durante mi primer visita al país. Mi mujer es de Osaka pero en aquella ocasión estábamos en Tokio, dado que al ser mi primer viaje, quería ver "un poco de todo" e hicimos una escapada a la capital. Estábamos visitando la zona de Asakusa, cuando de repente un señor japonés que ya debía haber pasado de los 40 años se acercó a mí corriendo, con una sonrisa de oreja a oreja y con los brazos abiertos (literalmente). Lo primero que yo pensé fue: "Está loco", mientras que mi mujer, según me contó después, pensó: "Está borracho". En esas que llega hasta mí y se pone a hablarme en inglés. La conversación fue algo parecido a esto: - ¡Hola! ¿De dónde eres? De España. - ¡Ah! ¿Madrid, Barcelona...? No, Mallorca. - ¿Mallorca? ¿Dónde está eso? En el Mediterráneo. - Ah, ¿cerca de Marruecos? - Pueees... no mucho, la verdad... (se saca de no sé donde un libro lleno de mapas, lo abre por Europa y le señalo Mallorca) - ¡Ah! Eso está cerca de Sicilia, donde los gangsters, ¡bang bang! Je je... - Bueno, sí... (yo ya no sabía dónde meterme) - ¿Por qué has venido a Japón? - Para visitar a mi novia, aquí presente. - Ah, ¿y te gusta Japón? - Pues sí, bastante. - Vale, vale, sólo estaba practicando inglés. Muchas gracias, ¡adiós! ...y así tal cual se largó, dejándome con la cara a cuadros y con mi mujer partiéndose de risa. Lo bueno es que mi inglés es pésimo y no es una buena idea tomarme a mí como ejemplo, así que al final me dio un poco de pena. La verdad es que en las otras cuatro ocasiones en las que he ido a Japón no me ha vuelto a pasar nada parecido, pero lo que sí está claro es que tanto aquí como allí como en cualquier parte... hay gente para todo. :-)
En el 2003 tuve la oportunidad de visitar Japón. Disfruté de cada uno de los minutos de mi viaje. Al principio era un poco chocante el cambio tan grande que notaba entre Japón y España, pero te haces a ello sin apenas esfuerzo. Destacaría de la sociedad japonesa su amabilidad, la atención al turista y/o cliente y lo serviciales que pueden llegar a ser los japoneses. No se puede decir que Tokio sea una ciudad bonita, pienso que el turista que busca ciudades con encanto no visita Tokio. Lo que es cierto es que es una ciudad que no te deja indiferente: al principio tanto adelanto tecnológico me hacía sentir bastante pequeña, como si en lugar de haber hecho un viaje en el espacio hubiera viajado en el tiempo. Allí, donde hasta los cuartos de baño cuentan con las últimas tecnologías, y parece que hasta el más pequeño aspecto de la vida está robotizado, te hace sentir que provienes de un país de la Edad Media. Es una ciudad tan adelantada, tan avanzada, tan industrializada, tan diferente, que si hoy volviera a Japón, no me perdería su capital. Más que señalar lugares que visité, son las sensaciones que te produce Tokio lo que hace que deje una huella imborrable en tu memoria. Tras visitar la capital viajamos en un tren bala a Kioto. Nada que ver con Tokio. En Kioto parece que el tiempo se ha detenido, la ciudad en su lucha urbanística no ha conseguido devorar el Japón antiguo: hay multitud de templos, altares, capillas, santuarios, etc. Aquí promocionan la ciudad con el reclamo turístico de las geishas. Es sabido que los japoneses siempre defienden la figura de las geishas alegando que no tienen nada que ver con la prostitución. Quizá sea cierto, pero he leído bastante sobre el mundo de estas mujeres y tengo mis dudas. No digo que las casas de geishas tuvieran como finalidad la prostitución, sino que era un ambiente que la favorecía. Si la razón de ser de aquéllas mujeres era acompañar a sus invitados (siempre hombres) para entretenerlos y tocar algunos instrumentos, etc....¿por qué había geishas (maikos) de 12 años?, ¿qué tipo de conversación interesante tenía una niña de esa edad?,¿qué encontraba de interesante un hombre de negocios de 40 años con una de estas crías?. Muchas de las geishas procedían de familias de clase media y adineradas, pero muchas otras llegaban a las casas de geishas inducidas por sus padres por las necesidades económicas de sus familias. Las geishas de hace dos siglos seguían unas reglas muy estrictas en todos los aspectos de su vida: sabían qué cuello debían poner en su kimono según la estación del año, qué bordados debían decorar sus kimonos para agasajar a sus invitados, qué obi era el más adecuado para cada evento, etc. No creo que esas reglas se sigan manteniendo hoy en día con la cultura de la lycra. Si paseas por el barrio de Gion, donde se encuentran las casas de geishas más importantes, seguramente verás algunas caminando por la calle. Creo que hoy no son más que un atractivo turístico, incluso para los japoneses. Ponen la nota "folclórica" en cualquier cena de negocios o comida para los turistas. En un principio, estas mujeres dedicaban bastantes años a su preparación: danza japonesa, tocar instrumentos como el shamisen, poesía, canto, etc. No me imagino a estas mujeres del siglo XXI dedicando cientos de horas al estudio de la ceremonia del té inmersas en un mundo de telefonía móvil, robótica y adelantos tecnológicos.Creo que hoy son figuras completamente anacrónicas; es imposible combinar un mundo de meditación, protocolo y arte con citas concertadas a través de internet, cámaras web, etc. No me lo creo. Aunque si tienes en cuenta los precios desorbitados que se pagan porque una geisha te acompañe en una cena, entiendo que hoy en día sigan existiendo. Creo que Kioto es una ciudad maravillosa, y que las geishas del siglo XXI no son necesarias para que el visitante admire lo maravilloso que es este rincon de Japón. Japón es un país recomendable para visitar 100%, y no necesita del reclamo de las geishas.
Primero me presento: Me llamo Elena y vivo en Toledo. En el mes de febrero estuve con 2 amigas en Tokio. La verdad es que fui con 2 amigas por motivos de trabajo pero tuvimos mucho tiempo para perdernos. El título de mi relato se debe a una película espantosa que vi justo antes de visitar Japón. Se titula Wasabi: el trato sucio con la mafia (o algo parecido). La película no tiene nada de especial excepto que está rodada en Tokio. Al tenerla tan reciente, cuando llegamos a Tokio nos dimos cuenta que todo lo que vimos en la película era real. Como las discotecas del distrito de Roppongi que tienen un área reservada donde hay máquinas tipo vídeo juegos con una especie de alfombras en el suelo. Según baila la muñeca de la pantalla tienes que imitarla moviendo los pies, y según lo hagas esa es tu puntuación. Lo que me parecía una chorrada en la película me di cuenta que era real. Las copas eran increíblemente caras (nos costaron casi a 25 € cada una, lo que nos aseguraba llegar al hotel relativamente serenas). La gente en la discoteca iba vestida de flipar: las chicas con unas plataformas de por lo menos 15 cm, el pelo teñido de rosa y la ropa más ridícula que habíamos visto nunca. Seguramente se debe a que la gente aquí en Toledo no va así vestida. Al día siguiente tuvimos la primera comida de trabajo, nada que ver con las comidas de trabajo españolas. Yo creo que los japoneses jamás se relajan y por eso necesitan hacer tantas chorradas. El ambiente era demasiado formal incluso entre gente que más o menos tenemos el mismo rango en la empresa. En seguida te sueltan la tarjeta de visita. Conocimos a un tipo llamado Tosí que trabaja en la sede de Tokio que nos enseñó su tarjetero: llevaba como 10 tipos diferentes de tarjetas (a cual más cutre). Según era el rango de la persona a la que tenía que entregar la tarjeta, escogía una u otra. Desde unas con dibujitos y colorines hasta las más sobrias. Después de comer estuvimos de no-compras por Ginza. Digo de no-compras porque es un barrio tan tan caro que creo que yo no podría pagar ni las bolsas en las que te meten lo que compras. Eso si, cuando entras en una tienda te saludan y te sonríen aunque estén pensando que seguramente no tienes un duro para comprarte nada. Se nos ocurrió tomar un café en una especie de cafetería de lo más lujoso y nos cobraron 14 € por cada café. La verdad es que en la cafetería había hasta piano, pero no iba incluido en el precio. No estábamos en ningún hotel, sino en una especie de apartamentos propiedad de la compañía en la zona sur de la ciudad. El primer día fueron a recogernos, pero el segundo debíamos ir solas. Tardamos como 90 minutos en hacer un trayecto de 12:primero sacando el billete, que eso es una odisea, luego bajando y subiendo de vagones que iban a otros destinos. Un caos. Encima, si no andas listo, puedes ser absorbido por una especie de marabunta que sale de cada vagón. Nos habían avisado que no pilláramos un taxi porque nos podíamos arruinar. También visitamos varios templos y dos parques. La verdad es que los japoneses tienen bastante gusto para lo que significa naturaleza, con un rollo muy creativo y muy sereno. Mi resumen es que me gustó Tokio, que no me iría allí a vivir porque me parece estresante, pero que me alegro de haber ido. Que tienen sus cosas buenas como en todos lados y sus cosas negativas. Seguramente ellos piensan lo mismo de España. Pero que no cambio mi jamón ibérico por su wasabi, que por cierto es un mejunje asqueroso de color verde que sirven en una especie de bol y que pica que te matas.
Es muy difícil describir una ciudad como Tokio. Es una mezcla entre lo futurista y lo antiguo. Como cualquier sitio, es mejor vivirlo que contarlo, pero Tokio aún más. Es una gran escaparate donde los japoneses muestran al mundo su forma de vida, su capital, de la que están muy orgullosos. Reconozco que me encanta Tokio, que amo Tokio. Quizá sea porque desde pequeño me ha fascinado todo lo que leía sobre Japón. Cuando llegué allí apenas me lo podía creer, la ciudad con la que siempre había soñado era real. Pensaba que las imágenes que veía en televisión estaban sacadas de una película de ciencia ficción, pero no. No sólo todo era real, sino que superaba mis expectativas. Me encontraba tan emocionado que me parecía estar viviendo un sueño. Al principio me pareció que los japoneses se sienten un poco a la defensiva con los gaijin (extranjeros), sobre todo si su apariencia no es asiática. Más tarde descubrí que el japonés en general es poco efusivo, carece de la “sangre caliente” que poseemos los latinos, de la espontaneidad para relacionarse incluso con sus compatriotas. Para mí fue un choque tan grande, una cultura tan diferente, que me sentía sediento y ansioso por ver, tocar, mirar y aprovechar cada minuto de mi estancia en Tokio. Cada minuto me sentía fascinado por algo en concreto:Desde la puntualidad, que se traduce en todos los aspectos de su vida, hasta la serenidad que transmiten sus edificios y jardines antiguos.Es imposible explicar aquí todo lo que me fascinó de Tokio, porque se agolpaban en mi cabeza demasiadas sensaciones e imágenes. Aproveché cada minuto, cada segundo de mi viaje sin hacer grandes planes ni correr grandes aventuras. Visité el parque de Ueno, el de Yoyogi, utilizando los descansos para observar cómo los japoneses se relajan fuera de la vista de los demás. Tuve la suerte de visitar dos jardines particulares, en los que no había nada especial, nada llamativo, pero su sencillez milimétricamente estudiada irradiaba paz. Visité la locura del distrito de Akihabara, con sus miles de tiendas, miles de neones, miles de cachivaches, miles de personas y miles de todo; el distrito de Odiaba, nacido de la nada, terreno ganado al mar; Shibuya, el lugar más fascinante de Tokio con la gente más fascinante vestida de la manera más fascinante; el museo Edo con unas maquetas maravillosas que reproducen la ciudad de la era Meiji; la arquitectura de Miranouchi y Minato; las increíbles ciudades de Nikko y Kioto. Creo que si hay algo que caracteriza a Tokio son sus particularidades. Estaba ansioso por visitar unos baños, aunque creo que cuando lo hace un turista no es lo mismo que cuando lo hace un lugareño. El japonés disfruta del baño y se relaja, mientras que el turista creo que no lo disfruta al 100% porque su interés por los baños como atractivo turístico elimina la filosofía del baño. No pude entrar porque me advirtieron que si tenía algún tatuaje no podía hacerlo, así que me quedé sin vivir esa experiencia por culpa de un águila tatuada en mi hombro. No sé si era la política de esa casa de baños en particular o una norma generalizada. Visitar los templos es una experiencia única. Vas andando por la calle, y si lo haces temprano, de repente parece que te has metido en otro mundo, un cambio demasiado drástico pero muy positivo. Me alojé en el hotel Ikebukuro, sin grandes pretensiones pero muy bien situado, limpio y seguro. Estoy seguro que hay miles de pequeños hoteles en Tokio en los que no tienes que pagar esas sumas increíbles que cuestan los hoteles tipo occidentales de 4 y 5 estrellas. ( http://www.housejp.com.tw/). Cuando la Paquera de Jerez cantó en Tokio, a la pregunta de un periodista de: ¿Qué le ha parecido Tokio? Contestó:” Muchas luces y mucha gente corriendo, parece Madrid o Barcelona”; ¿Volverá? “Pues según me pille el cuerpo”. Japón es mucho más que eso, y desde aquí animo a visitar ese país al que admiro. Yo volveré, seguro.
Mi marido y yo estuvimos en Japón hace 2 años. Nuestro viaje comenzó en Kyoto, luego visitamos Nara y por último Tokio. Sabíamos que Japón es uno de los países más densamente poblados del mundo, pero no imaginábamos cuánto hasta que estuvimos allí. En un principio la capital era Kyoto, hasta que en el siglo XIX fue trasladada a lo que hoy es Tokio, que ni siquiera se llamaba así, sino que es la palabra Kyoto con las letras cambiadas. Cualquier ciudad japonesa está más poblada que cualquiera española, pero lo de Tokio en horas punta era muy fuerte. Intentamos evitar coger el metro durante esas horas porque la gente es literalmente empujada en los vagones. Menos mal que dentro del vagón, y debido a la poca altura de los japoneses, sobresalían nuestras cabezas sobre las de los demás, y eso que los españoles no nos distinguimos por ser excesivamente altos. Cuando los vagones no iban muy llenos me gustaba observar a los japoneses, que evitan cualquier contacto visual con los demás viajeros, y van absortos mirando al vacío, jugueteando con sus móviles o leyendo revistas porno (bueno, mejor dicho viendo revistas porno). El transporte público japonés es sumamente eficaz, aunque el punto negativo es que muchas veces está colapsado. No quiero imaginar si esa ingente cantidad de japoneses fueran a trabajar cada día en coche como solemos hacer los españoles. Seguramente el país se habría colapsado. Incluso cruzar una calle, que parece lo más inocente del mundo es sumamente complicado, ya que en muchos cruces de Tokio, aparte de los pasos de cebra normales hay también cruces en aspa. Es decir, para el que no está acostumbrado, resulta un poco apabullante. No me extraña que Tokio sea la ciudad de los neones, porque teniendo en cuenta la cantidad de posibles clientes que los ven a diario esperando que se ponga la luz verde, debe ser uno de los medios publicitarios más directos y provechosos. Nuestro hotel era el Park Hyatt, donde se rodó la película de Lost in translation, que está situado en el distrito de Shinjuku. Es uno de los barrios más vivos de la ciudad, con hoteles de lujo, tiendas, oficinas y montones de rascacielos. Decidimos comenzar algunas rutas sin prisas. pensamos que debido a lo grande que es la ciudad, verlo todo era prácticamente imposible, y eso que estaríamos en la capital casi una semana, pero nos sentíamos un poco sobrepasados por las dimensiones, los edificios, la gente, etc, así que pensamos que lo mejor era tomárselo con calma. Visitamos Harajuku. En la guía de viajes que habíamos comprado, decía que la policía ya no permitía a los jóvenes, vestidos tipo la familia Monster, reunirse allí, pero la verdad es que el domingo por la mañana había cientos de ellos ¡genial!. Si observas la foto, más que la chica del primer plano, la que está al fondo a la derecha parece sacada de una película de miedo con esa cara tan blanca, esa ropa y ese gesto. Visitamos un templo meijí y tuvimos la suerte de ver una pareja de novios que iban a casarse al templo. Ella iba vestida con kimono y la cara muy maquillada, él con una falda larga por los pies de rayas blancas y negras, una especie de quimono corto negro y un abanico. Junto a ellos iban sólo 4 o 5 personas. No sé si es que tenían tan pocos invitados o que las bodas allí son así. Hasta pasado un buen rato no nos dimos cuenta que eran una pareja de novios, sino que pensamos que estaban rodando un anuncio y comenzamos a seguirles. Lo que no supimos es si habían ido en coche o en metro. Aunque dudo que el moño que llevaba ella hubiera aguantado las aglomeraciones de los vagones de metro. Justo al sur de Harajuku se encuentra Shibuya, la zona donde se reúnen los jóvenes en Tokio. Un atractivo de esta zona son los Love Hotels (hay bastantes por allí). Nos habían contado que son pequeños hoteles donde van las parejas a pasar un rato. Algunos están decorados como un dormitorio de un palacio árabe, otras como un castillo, etc supongo que para dar vidilla al asunto. Fui incapaz de convencer a mi marido para que entráramos en uno para verlo con nuestros propios ojos. Eso si, cuando visitamos Akihabara era yo la que me sentía incapaz de que saliera de las tiendas y tiendas y tiendas que hay de todo tipo de cachivaches electrónicos. Incluso a mí, que no me gustan nada esos aparatos, me pareció una visita sorprendente. Kyoto es también una ciudad fascinante: el templo Kiyomizu, el barrio de las geishas (Gion), el pabellón dorado, el castillo Nijo, la estación de Kyoto, el pabellón de Plata y el palacio Imperial. De todo, lo que más me gustó fue Gion, con las geishas caminando por las calles vestidas con sus quimonos. Nunca pensé que podían ser chicas tan jóvenes. El guía insistía mucho en recalcar que las geishas no son prostitutas, creencia que se tiene en occidente sobre ellas. Cuando todavía no son profesionales se llaman maiko. Lo que no entiendo es por qué llevan la cara maquillada de blanco y no se maquillan también las orejas, porque el efecto es de una persona que ha tardado poco en arreglarse y ha olvidado esa zona. Aunque no quiero ni pensar cuanto tiempo tardan en maquillarse y en hacerse esos complicados peinados. El barrio de Gion discurre paralelo al río y está increíblemente bien conservado, con sus casas antiguas de madera y multitud de templos. Incluso venden en algunas tiendas una especie de incienso que según dicen los comerciantes es el aroma exacto de Kyoto, aunque cuando lo encendimos en casa, no tenía ningún olor característico que nos recordara Gion.El balance de nuestro viaje fue muy positivo. es una cultura tan diferente a la nuestra, desde la comida hasta las costumbres más simples, que saboreamos el viaje del primer al último minuto. Creo que la japonesa es una cultura admirable en muchos aspectos. ¿Que es un país caro? pues sí, aunque siempre puedes encontrar restaurantes de comida rápida con precios más o menos normales. ¿Que la sociedad japonesa es rara? Pues también, pero creo que eso precisamente es lo mejor de los viajes, abrir un poco nuestra mente y aceptar otras culturas y sociedades tal y como son, sin odiosas comparaciones.
Japón es más que una nación superpoblada, más que el ingenio para diseñar artilugios electrónicos cada vez más pequeños, más que todo eso. Me ha alegrado mucho leer en la sección de libros y películas, títulos con los que yo he disfrutado. Algunas películas japonesas poseen el increíble encanto de la serenidad, son amables. Unas veces con argumentos complicados y otras con episodios que para la mayoría de nosotros pasan inadvertidos día a día, hay muchas películas japonesas que me transmiten ese sosiego, esa amabilidad. Creo que Japón posee el equilibrio perfecto entre la ciencia, la investigación y la innovación por un lado, y por otro el sosiego, la calma y el saber plasmar cosas sencillas y transmitir esa armonía. Estuve en Japón el año pasado. Puedo decir que de Tokio conozco el aeropuerto y poco más. Como gran urbe no tenía demasiado interés para mí. Viajé hasta Kyoto, que incluso me pareció demasiado masificada y llena de turistas. Me alojé en un ryokan cercano a Kyoto, enclavado en un escenario impresionante. No disponía de grandes lujos, pero creo que debido a esa sencillez de la que antes hablaba y que caracteriza a los japoneses, lo viví como el hotel más lujoso y elegante del mundo. Supongo que ese sentimiento de paz se puede tener en muchas partes del mundo, pero fue en Japón donde me pareció que todo estaba unido por hilos invisibles de armonía, y que nada resultaba chirriante o fuera de lugar allí. A mi vuelta, contaba a algunos amigos que asistí a una ceremonia del té con auténticas geishas. La ceremonia duró aproximadamente 3 horas. Para cualquier persona que no haya vivido esa experiencia, podrá parecerle que 3 horas para saborear un líquido verde es demasiado, pero hay que vivirlo allí, observar sus movimientos, la elegancia con que mueven cada objeto, sus gestos, sus miradas. Parecía que en cualquier momento esa diminuta japonesa se iba a quebrar o iba a desaparecer. Seguramente me perdí muchas cosas de Japón, pero me siento un poco abrumado ante una tecnología tan espectacular, y quizá disfrute más con cosas mucho más sencillas. Visité Yaizu, Nigata, Sendai y Takamaya. De este viaje me quedó un agradable sabor al inolvidable té verde y a una gratificante sensación de paz.
He tenido la suerte de visitar en varias ocasiones ese fascinante país, de trabajar en empresas niponas con compañeros japoneses. Hasta que no fui a Japón por primera vez no pude descartar todas las ideas preconcebidas que sobre los japoneses tenía. He disfrutado en mis viajes de su cultura, de su gastronomía y de su gente. Viajar es una de las lecciones más importantes de la vida, viajando se amplían horizontes y aprendemos a respetar otras culturas y, sobre todo, otras costumbres. He viajado a lo largo de ese maravilloso país y he encontrado muchas más cosas positivas que negativas. Quizá por lo que decía antes, a España nos llegan noticias de ese maravilloso país por su alto grado de provocar curiosidad, no porque sean realmente importantes. Muchas veces, viendo la televisión, nos informan que en Japón han creado un robot que toca la trompeta o un lapicero microscópico que hubiera hecho las delicias de James Bond. Poco a poco nos vamos formando la idea de que los japoneses son, digamos, raros. ¿Raros?, ¿por qué?, ¿por ser diferentes a nosotros?. De hecho, en España o cualquier país occidental tenemos costumbres extrañas para ellos. ¿Qué pensarán los japoneses cuando vean los encierros de San Fermín?. Cada país hay que respetarlo sin excusas, sin medias tintas. Y creo que ahí, en esas pequeñas rarezas que cada país tiene radica la riqueza de la diversidad. Este ultimo año, Japón ha escrito ríos de tinta en occidente debido al fenómeno de los Hikikimori. Traducido al español, la palabra que define a un grupo reducido de personas, significa aislamiento. Se trata de personas que voluntariamente se aíslan de la sociedad :amigos, colegio,estudios, etc para hacer de la habitación de su casa una especie de convento de clausura. Desde pequeños, los niños japoneses se encuentran inmersos en una sociedad muy competitiva que cada día les exige más y más. Ya desde el colegio deben pasar difíciles pruebas para acceder al nivel siguiente. Cuando acaban la enseñanza secundaria, se preparan para su exámen de ingreso a la universidad, exámen que a veces preparan durante más de un año por su elevada dificultad. Los denominados hikikimori no salen de casa, no salen con amigos (si es que no los han perdido todos), evitan cualquier relación que los comprometa socialmente. Dedican su tiempo a dormir, a jugar con la videoconsola o a ver televisión. No se relacionan con nadie y se vuelven ariscos y a veces, incluso agresivos.Por otra parte, los padres, avergonzados por la situación que vive el hijo intentan ocultarlo a familiares y amigos. No ofrecen una terapia alternativa para así salvaguardar su secreto, que grita como una gran mancha en el libro del honor de la familia. Por eso, muchas veces ni siquiera reciben una terapia idónea para corregir ese comportamiento. Los expertos diferencian a los hikikomori de los que padecen agorafobia, pero ¿cuántos hikikomori realmente existen?, ¿cuántos llegan a desarrollar un comportamiento tan agresivo que los lleve a cometer crímenes contra terceros?Dejémonos de estereotipos. Japón es una nación con casi 130 millones de habitantes. Con esa población es relativamente normal que exista gente catalogada de "rara", pero ¿qué porcentaje representan?, ¿contribuirá esto a alimentar la idea equivocada de que los japoneses son raros?, ¿acaso no tenemos nosotros amigos, conocidos, familiares de los que hemos comentado más de una vez:¡Qué rarito es! ?. Japón es mucho más que robots que hacen cosas estúpidas, niños que se dan tortazos como ningún otro del planeta y que nos enseñan en programas de televisión para provocarnos risa, más que los hikikimori. Viaja a Japón y disfruta de ese admirable país rico en cultura, y si algo has de olvidar en tu equipaje, que sean los estereotipos.
Mi primer viaje a Japón fue en 1995, y desde entonces me ha enamorado. Al principio me sentía sobrepasado por la alta tecnología japonesa, por los ingeniosos artilugios que cada día inventan. Poco a poco me fue cautivando su historia, y, sobre todo, sus tradiciones. Siento curiosidad por conocer en qué forma algunas de ellas han conseguido perdurar en el tiempo y no ser borradas de un plumazo por la alta tecnología japonesa. He disfrutado en varias ocasiones de ciudades como Tokio, monstruosamente grande, de Yokohama, de Osaka. Pero fue en Kioto donde encontré muchas de las raíces históricas de Japón aún vivas. Conste que nosotros, los turistas, desvirtuamos un poco el sentido de la ciudad, ya que invadimos con nuestras cámaras de fotos y mochilas, escenarios que parecen sacados del siglo XII. Es paradójico ver a las geishas caminar por las calles de Gion acribilladas por los flashes de los turistas. Ha sido ese mundo, el de las geishas el que más me ha fascinado. Es difícil llegar a comprender como mujeres del siglo XXI pueden seguir tradiciones de hace siglos, cultivar artes como la poesía y la música y estudiar el arte de la compañía sin connotaciones sexuales y al mismo tiempo convivir con teléfonos móviles de última generación, portátiles de mínimas dimensiones o coches del futuro con todo tipo de adelantos. Las geishas han existido desde la historia temprana de Japón. Sus precedentes eran el Saburuko y el Shirabyoshi, que datan de principios del siglo XII. En aquéllos tiempos, era tal la precariedad económica por la que atravesaban algunas familias, que sus hijas se veían abocadas a la prostitución para sobrevivir. Muchas de ellas pertenecían a las clases más bajas, pero había entre ellas otro grupo que habían sido perfectamente educadas y tenían mucho talento. Este segundo grupo era a menudo invitado a las reuniones de la alta sociedad de aquellos tiempos para entretener a los invitados con su conversación y su dominio de la danza o la ceremonia del té. En seguida comenzó a valorarse a este tipo de mujeres y era requerida su presencia para cualquier evento importante. Las familias de clase alta se sentían honradas cuando una de sus hijas se unía a este grupo, ya que eran muy valoradas socialmente. Lejos de la idea que siempre se ha tenido sobre las geishas en occidente, las familias consideraban que tener una hija geisha era todo un honor, ya que no tenían nada que ver con las prostitutas, no formaban la élite de la prostitución, sino que se convertían en mujeres refinadas y cultas. Se tiene constancia que a finales del siglo XVI se construyó la primera casa de geishas en Kyoto, basándose en los “cuartos del placer” chinos.En el siglo XVII, cuando ya habían proliferado estas casas, se decidió construir un barrio en Edo (antiguo nombre de Tokio) donde se agruparan todas. El negocio era floreciente, y surgió la necesidad de regular su proliferación. En un principio se destinaban los peores terrenos de la ciudad o los que eran improductivos para la construcción de estas casas, y se crearon una serie de normas para las personas que en ellas vivían. Con el tiempo, estas casas comenzaron a cultivar el arte en todas sus formas, lo que trajo consigo que florecieran alrededor de ellas otros negocios y viviendas. Existían diferentes clases de cortesanas, entre las que destacan las Tayuu, el más alto grado al que una joven podía aspirar, seguidas por las Koshi-Joro y las Tsubone-joro. Muchas hijas de samuráis entraron en estas casas y escuelas, lo que elevó notablemente el nivel cultural y artístico de las mismas.Sobre el siglo XVII se tienen las primeras noticias de las geishas, palabra derivada de Geiko, que originalmente eran hombres. Durante esta época fue cuando comenzó a hacerse popular el shamisen, un instrumento de cuerda utilizado habitualmente en el teatro. Las nuevas geishas comenzaron su estudio, y deleitaban a sus invitados con éste. Debían respetar algunas normas, como no usar ropa llamativa, no salir de la escuela sin permiso, etc. Este estricto control se hizo muy efectivo para así preservar el buen nombre las casas de geishas. Si en un principio prostitución y geishas eran conceptos unidos, pronto se diversificaron ambas corrientes. Las geishas siguieron el camino de la música, la danza, la poesía y el arte de conversar. La última vez que estuve en Kyoto tuve la oportunidad de pasar una velada con una maiko. Consistía en una cena ligera y una demostración de danza. El precio, 400 €, me hace pensar que hoy en día la profesión ha desvirtuado en un negocio turístico, por lo que no me extraña que muchas chicas hoy en día quieran seguir siendo geishas, ya que los ingresos deben ser astronómicos.
El viaje a Japón lo realizamos con la compañía aérea japonesa, JAL (Japan Airlines), con lo que el viaje sale más económico. Además, los aviones japoneses resultan ser mucho más avanzados tecnológicamente que los europeos que conocemos (y no podía ser menos, ya que Japón es la cumbre de la tecnología): en el cabezal del asiento delantero se encuentran unas pantallas personales en las que se pueden ver películas de estreno en varios idiomas y subtítulos, así como varios juegos tipo tetrix o los marcianitos; un canal en el que se ve todo el tiempo la perspectiva del piloto; las instrucciones de seguridad el avión... e incluso unos cursillos rápidos de japonés básico. Esta pantalla individualizada se maneja mediante un mando que por un lado es una mezcla de mando de televisión y de Play Station y por el otro lado es un teléfono para que puedas realizar cualquier llamada, previo pago con la tarjeta de crédito introduciéndola en una ranura del mando. Las azafatas eran muy atentas y amables y no se daban aires de grandeza. Para desplazarnos desde el aeropuerto de Narita hasta nuestro hotel, en el centro de Tokio, tuvimos que canjear los tickets del “Airport Limusine”; que resultó ser un autobús que nos dejó en la puerta del hotel una hora y media después. Pero merece la pena estar despierto los últimos treinta minutos porque es una buena oportunidad para ver a grandes rasgos la ciudad; especialmente la bahía, la famosa noria de Tokio. Esa tarde decidimos no alejarnos demasiado del hotel, por lo que visitamos la zona más pija de la ciudad, el barrio de Ginza, que se forma en torno a dos calles perpendiculares en las que se encuentran tiendas tan inasequibles e internacionales como Gucci, Chloè o Bulgary,... además de algunas tiendas norteamericanas como MAC, Tiffany&co., Gap, Banana Republic o Barneys New York. Así que se puede decir que esta zona es una mezcla entre los inmensos edificios de hormigón de Nueva York y los gigantes y llamativos carteles luminosos de Hong Kong. En esta zona se encuentran algunos restaurantes occidentales; por ejemplo, nosotros encontramos uno español llamado “El Chateo” en el que pudimos degustar verdadera comida española por un precio bastante razonable. A escasos metros de este restaurante se encuentra el edificio Sony, en el que podrás ver y comprar las últimas novedades de la prestigiosa marca japonesa de electrónica. Volvimos al hotel andando al lado de la vía del tren; bajo la que hay multitud de restaurantes para cenar. Los japoneses visten con elegancia y gusto.(Además les encantan las marcas y es común ver bolsos de Gucci y LV). Por las mañanas una masa de hombres trajeados y mujeres con falda y tacones salen del metro con serio semblante dirigiéndose al trabajo; pero esa cara de pocos amigos que ponen no debe ser motivo para no atreverse a preguntarles por una dirección o cualquier cosa, ya que nada más dirigirles la palabra la transforman en una alegre sonrisa dispuestos a hacer todo lo que puedan por ayudarte. Nosotros una vez preguntamos a dos muchachos que iban andando por la calle y el uno le dijo al otro que se fuera, que ya se verían luego porque nos iba a acompañar a la dirección que le habíamos preguntado; por supuesto le dijimos que no hacía falta y que simplemente nos señalara la dirección en la que debíamos caminar; en otra ocasión, un guarda, sin decirnos ni una palabra (ya que no hablaba nada de inglés, como la mayoría de los japoneses), nos dibujó un mapa de cómo se llegaba al embarcadero,... TOKIO 14.08.06. Los establecimientos en los que ofrecen desayunos abren a las 7:30 de la mañana, así que se puede decidir tranquilamente en cuál de ellos apetece comer sin necesidad de pagar el excesivo precio de desayunar (o almorzar) en el hotel, ya que en los restaurantes dan desayunos occidentales por un precio mucho más asequible. Desde la recepción del hotel nos ha llevado un autobús hasta la Terminal de autobuses ( que por cierto fue diseñada por un norteamericano, un signo más que demuestra lo fascinados que están los japoneses con los estadounidenses), donde con el resguardo de la excursión te dan un ticket y una pegatinita identificativa para que a continuación te montes en otro autobus lleno de otros tantos turistas. De camino a la Tokio Tower, la guía nos ha contado alguna que otra cosa interesante, como que en Japón el número de la mala suerte no es el 13, sino el cuatro, que significa muerte, y el nueve, que significa sufrimiento. La Torre de Tokio es la más alta de Japón, con sus 333m tiene cierto parecido a la Torre Eiffel. Desde su mirador puede tomarse una panorámica de la ciudad; aunque el principal uso de esta torre no es tanto turístico como de telecomunicaciones, sobre todo de televisión. En el piso bajo hay dos rectángulos de unos 2m trasparentes en el suelo para que puedas ver lo que hay bajo tus pies. La siguiente parada era el palacio imperial, y mientras llegábamos la guía nos contó que el que no viéramos demasiado japoneses por las calles se debía a que estábamos en as fiestas del Obon y por tanto, durante alrededor de una semana los japoneses se marchaban a sus pueblos a visitar a sus difuntos o se quedaban en casa, recordando la importancia de estar en familia. Dijo que los japoneses no son muy religiosos, que les encantan las fiestas religiosas porque están de fiesta y celebración. Además, a lo visto, nacen sintoistas y mueren budistas, de hecho no diferencian mucho una religión de otra puesto que durante mucho tiempo estuvieron unidas. En el palacio imperial sólo viven el emperador y la emperatriz que se casaron un año después de que se terminara de construir la Torre de Tokio, a través de la que retransmitieron la ceremonia nupcial. La muralla que rodea al palacio fue algo derribada para favorecer la extensión de la ciudad de Tokio. La tercera y última parada (para nosotros, puesto que la siguiente nos la saltamos ya que se trataba de un lugar de cultivo de perlas) fue Asakusa, barrio donde se encuentra el Kanron Temple y a continuación el Nakamise Shopping Arcade con puestos de comida y bebida y souvenirs. No lleva mucho tiempo ver esta zona, así que pronto nos dirigimos en metro a Akihabara, donde se encuentra la denominada “calle eléctrica” donde se pueden encontrar aparatos electrónicos novedosos en Europa a buen precio, el problema es que en la mayoría de los establecimientos sólo trabajan con software japonés y no aseguran que funcionen con el europeo. Estas tiendas son las únicas que permiten regatear en Japón y muchas de ellas son Dutty Free. En esta zona comimos nosotros tres por unos 2000 yenes que son poco más de 12 euros. NIKKO 15.09.06. De nuevo a través de la central de autobuses, hemos cogido uno para hacer la excursión de Nikko, que se encuentra a unas 3 horas de Tokio. Primero vimos la zona de templos Toshogu Shrine (World Heritage) que se parece mucho a las pagodas chinas. En todos estos templos de Yomeinon Gate ( que si pasas por debajo quedas bendecido espiritualmente) , Five Storied Pagoda (de las cuales las cuatro primeras son de estilo chino y la última de estilo japonés), Nio Mon Gate (por donde hemos pasado al templo principal) y Carved 3 monkeys (donde está dibujada la historia de los 3 monos que tienen tapados la boca, ojos y orejas), se combina la religión sintoista y budista, llegando a mezclarse en un mismo templo. Para rezar en los templos sintoistas dan dos palmadas, hacen dos reverencias y vuelven a dar otra palmada. Diario de G
Japón 2006
Madrid 120806
Salida hacia París con Air France, azafatas lejanas y cuz cuz. Afrontamos a las cinco de la tarde una docena larga de horas reales, legales son más, en un magnífico avión de Japan Air Lines (JAL). En todas las clases y en cada asiento hay una pantalla con un mando que incluye consola individual de juegos, películas actuales a elegir (en inglés subtituladas en japonés o viceversa), cámara web para ver qué pasa fuera del avión. Las luces desaparecerán a la vuelta al pasar sobre Siberia.
Una azafata italiana, Bárbara, se hace cargo de nosotros con exquisita amabilidad. Su español es bueno y el servicio de toda la tripulación del avión, ideal. Juro que no tengo acciones en JAL. Los viajeros tienen tiempo para ver las cinco películas. Algunos pasajeros se pasean, al apoyarse en las cabeceras de lo asientos despiertan a los de sueño más ligero. Unas japonesas cubren su boca como los cirujanos para dormir. Llegada a Tokio por la tarde. La precisión y puntualidad japonesa se inician ante los ojos de los viajeros. Se alojan en el Hotel Shiba Park, a donde les ha llevado la limusina del aeropuerto en un trayecto de una hora. No se hagan ilusiones, es el pomposo nombre que dan a los autocares del aeropuerto. Cuando el conductor llega al punto de salida con puntualidad pasmosa, los limpiadores y organizadores del embarque y maletas le hacen una reverencia. El personal del Hotel es agradable y atento, muy por encima de las habitaciones. Los viajeros consiguen mapas en recepción y magníficas explicaciones de cómo llegar a los sitios. La habitación, en la sexta planta, para no fumadores, deja que desear.
En muchas calles está prohibido fumar. Lo indican en el suelo de las aceras. La ciudad está limpia como la mayor parte de los japoneses y sus choches. Las mujeres salvan la blancura de su piel con paraguas. Todos llevan una toallita pequeña con la que se enjuagan el sudor de un país húmedo. El cielo está nublado.
Nikko 150806
Inician los viajeros un viaje de tres horas en autobús hasta Nikko, patrimonio de la humanidad. Es un hermoso conjunto de templos budistas, algo repetitivos para quien conoce China pero mejores. También hay sintoistas, quienes rezan inclinando la cabeza, dando dos palmas, y otro cabezazo. Los templos, como casi todo el país, están en armonía con la naturaleza. Comemos junto a un lago donde navegan barcas con forma de patos y helicópteros. Visitamos una cascada que drena el lago. Junto a ella los ingenieros explican minuciosos en buen japonés el sistema para reducir la erosión. En el viaje de vuelta vemos monos, muy similares a los mandriles, esperando comida junto a la carretera.
Tokio 160806
Una largísima por desorientada caminata nos lleva a la bahía de Tokio. Un vigilante nos hace un mapa preciso, sin hablar, que nos lleva al barco. Atentos a las pantallas de salida para no confundirse. La nave tiene dos escalas, en el parque de atracciones y en el acuario. Bajamos en el segundo que es travesía más larga. Los cargueros amontonan contenedores ante la proa de las patrulleras de la Guardia Costera, que lleva la identificación también en inglés. Un pájaro adelanta el barco volando a pocos centímetros del mar. Poco después estamos en el magnífico acuario donde coinciden todo tipo de habitantes del mar y japoneses. Un medidor muestra al curioso la carga electrica de las anguilas. Otro pasillo permite ver nadar a mantas, tortugas, tiburones y peces de colores sobre la cabeza de los viajeros y cientos de japoneses, a los lados.
Una eficaz y ordenada cola japonesa nos permite abordar el barco y volver al punto de la Bahía más cercano. Si la ida hasta el mar han sido horas, la vuelta son minutos.
Monte Fuji 170806
Contrataron los viajeros una excursión al Monte Fuji en un centro de distribución de turistas de eficacia japonesa. En la quinta estación de la montaña sagrada contemplan ceremonias religiosas insólitas, con arquero y tambores. Conseguimos el cascabel pero no logramos ver la cima, envuelta en brumas. Es agosto y llueve. ¿Existe el monte Fuji más allá de las postales? Comida en el Highland Resort, resuelta en media hora. Dios nos bendiga con camareros nipones. Damos un garbeo por el lago Ashi con posterior subida al teleférico en una cumbre entre brumas donde hay cerrado un templo sintoista. El paisaje que pugna con jorones de nubes es muy bueno. A los pies del teleférico, tiendas muy bien organizadas y amplias. A destacar la caja que tiene combinación, moviendo piezas, para poder abrirla, no aptas para Alejandro Magno.
La carretera, como muchas en Japón, es de dos carriles y doble sentido pero nadie toca la bocina. Los viajeros se alojan en el Hotel Kousakien, en la prefactura de Hakone, una de las 47 provincias del país. Japón es la quinta parte de España y hay 125 millones de japoneses. En los cajones de la habitación hay yukatas, ligeros kimonos de verano. Cenamos sushi en un amable y pequeño restaurante del hotel, sito en medio de la naturaleza. Una señora mayor nos sonríe y bebe sake en la barra junto a nosotros. Los restaurante del hotel no son baratos pero no hay muchas alternativas. Está situado en medio del campo. Es recomendable un paseo por los jardines.
Inuyama 180806 Cogemos un tren bala que nos lleva a Nagoya. Los revisores en cada vagon hacen una reverencia quitándose la gorra o tocando la visera antes de pedir los billetes enguantados en blanco. Cada detalle, una cortina corrida, un asiento inclinado, es arreglado por estos personajes entre parada y parada. En la estación de Nagoya los policías están subidos a pedestales con gesto serio. La ciudad tiene dos con dos millones de habitantes. En la estación abundan colegialas de uniforme con aspecto buscado de lolitas. Otro tren de cercanías nos deja en Inuyama, el monte del perro.
En Inuyama descendemos en barca 13 kilómetros del río Kiso. La barcaza la dirige un batelero y su ayudante. Arrojan comida al aire a los halcones que la cogen en vuelo o sobre el agua. Los rápidos empapan a los viajeros. Es un paseo divertido y comunal.
También de allí salen las primeras carrozas típicas del festival de Inuyama, arrastradas por hombres, lejanamente similar a la Semana Santa pero sin sentido religioso.
Por la noche partimos en barca a ver ukai, la pesca con cormorán. Estos pájaros van nadando y pescando, atados a la embarcación con dos cuerdas: una ciñe su cuello y otra su garganta. Las ves van pescando y pueden tragarse los peces pequeños pero no lo grandes, que los pescadores extraen de sus gargantas, antes de echarlos otra vez al río. Laa borcas llevan colagda ante la proa plana una chispeante hoguera, que junto a los golpes en el fondo de la barca, aturden a los peces dormidos.
Nos ofrecen una cena japonesa tradicional, sólo apta para vegetarianos y audaces del paladar. La comida japonesa, excepto algo el soshi, no tuvo éxito entre los viajeros.
190806 Nagoya
Comienza el día con la visita, en el camino, al museo Toyota. En esa parte del viaje coincidimos con una pareja de indios afincados en Bostón, él es cirujano y ella psiquiatra. Ambos, más ella, manifiestan su fervor en los templos budistas que salpican Japón. En el museo creado en honor del señor Toyoda, vemos la evolución del telar manual al informatizado. En realidad, la principal variación de la tejedora es la fuente de energía. El museo del señor Toyoda, muerto en 1930, exhibe los nuevos adelantos, robot y transporte personal incluídos. La d del apellido Toyoda fue cambiada por una t en la empresa Toyota por no sé que extraño significado del apellido original.
Visitamos hacia Nagoya el centro de cerámica Noritake. Las mágníficas piezas que vemos haciéndose en la exposición están ausentes de la tienda. Tras la Segunda Guerra Mundial, la empresa dejó de firmar sus piezas en la porcelana de exportación, mientras exhibía otra de "Japón ocupado".
Los viajeros llegan al castillo Nagoya.Visitando sus salas los viajeros se cruzan con jóvenes ataviados de arqueros tradicionales que pertenecen, evidentemente, a alguna escuela. Son chicos y chicas que portan sus armas en largas fundas de cuero cerradas.
Llegamos a Kioto en tren bala y nos alojamos en el Hotel Nuevo Miyako. Está situado enfrente de la estación con variadas y apetitosas alternativas al restaurante del hotel: cada desayuno a 2.500 yenes por persona.
200806 Kioto
Por la mañana visita guiada en inglés Primero al palacio Ninomau, una sucesión de salas japonesas donde el señor recibía a unos y a otros según su estatus. Las salas ahora están llenas de maniquíes sobre un fondo de pinturas que está prohibido fotografiar: tigres en su mayoría.
Bajo el suelo, unas bandas de metal hacen que al andar por los pasillo el suelo haga un ruido semejante al trinar de un pájaro, más con meta defensiva que ornamental. Después recorremos el parque donde está el pabellón dorado Kinkakuji.
Comemos bien en la planta superior de unos almacenes bien provistos de souvenirs para turistas. Marchamos hacia el parque Nara. Allí los ciervos acosan a los visitantes en busca de comida. Venden galletas y alguno da de comer a los animales que ya no le abandonan en un rato largo. En el parque se encuentra el templo Todaiji, digno de verse con sus excelentes estatuas de Buda.
210806 Hiroshima
En el año 18 del reinado del emperador en curso nos trasladamos en los rápidos y cómodos trenes japoneses a Hiroshima. Comenzamos el recorrido embarcando hacia Miyajima, una isla que ostenta una tori en el mar, uno de los símbolos de Japón. El entorno es agradable y verde y también hay ciervos por doquier. Nos piden que no les demos de comer para que vuelvan a su habitat en los bosques. El santuario Itsukushima es una serie de edificaciones, elevadas sobre el borde del mar, muestran el sentido religioso de la existencia. En el entorno hay tiendas donde encontrará buenos precios para comprar y para comer.
Embarcamos en barco y minibus para llegar al parque de Hiroshima. Allí, el seis de agosto de 1945 los Estados Unidos arrojaron la primera bomba atómica de la Historia. La acción la ejecutó el bombardero Enola Gay y el artefacto había sido bautizado como Little boy. Es impresionante, tanto que un anciano norteamericano se niega a entrar. En las salas sobrecogedoras no hay un ápice de resentimiento contra los Estados Unidos. De hecho, algún visitante luce las barras y estrellas en pañuelo de cabeza y camiseta. La tolerancia de la ciudad es infinita. Hoy es una urbe moderna, reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial, como tantas cosas en Japón. Cuenta con una red de tranvías fáciles de usar y donde se pagan al bajar 150 yenes.
Los viajeros se instalan en el Hotel Gran Vía de Hiroshima, junto a la estación de tren. La ayuda y la orientación que da el personal del hotel es eficaz y atenta. El viajero sale siempre con más de un plano.
Llegamos en tren bala a la ciudad, unos 400.000 habitantes, famosa por el arte moderno occidental que promovió el mecenas Ohara. En las salas hay incluso una obra de El Greco, esculturas de Rodin y hermosos cuadros de autores nipones.
Es una ciudad bonita, de casas bajas y la leyenda de un niño que salió de un melocotón encontrado en el río. Junto a la corriente se despliegan los artesanos en un agradable paseo ribeteado de casas tradicionales. Comemos con unas amables mujeres de Oñate.
El tren lleva a los viajeros al Hotel Gran Vía de Osaka, la tercera ciudad en importancia y con perfil cosmopolita.
Inicio de la mañana en el Café de Clever, donde desde la seis de la mañana hay dulce y salado para desayunar. Ascendemos a unas torres dobles que nos ofrecen una magnífica panorámica de la ciudad. En las plantas de abajo hay dos salas de cine. Las escaleras que suben el último tramo tienen un toque de Kubrik. Sobre las torres, más allá de los cristales, la sensación es agradable. Una exposición reproduce un mercado tradicional con muñecos oscuros.
El tren nos lleva a Kioto. Allí cogemos un taxi. Los profesionales del volante son honrados hasta la sorpresa. Llegamos al riokan, hotel tradicional nipón, Yachillo. No nos dejan entrar hasta las 15 horas aunque la salida es a las 11. Acogen nuestras maletas y los viajeros visitan la zona cercana de templos y escuelas zen, marcadas por el agua y la naturaleza. Descubren el centro internacional y comen en un amable restaurante de gusto exquisito, vistas espléndidas y factura modesta que no rebaja el servicio ni la vajilla.
Kioto es una ciudad baja, sin rascacielos y más humana. La cena en la casa tradicional la hacemos ataviados a la japonesa, con kimono y yukata. Aunque la cena es detestable para el gusto occidental nos divertimos con la etiqueta nipona. Acabada la cena es el momento de decir que el desayuno lo prefieren occidental o se encontrarán lo mismo por la mañana.
Al regresar a la habitación los colchones ya están extendidos sobre el suelo.
Al día siguiente, recibimos una clase de caligrafía en el centro internacional de Kioto. Son exclusivamente mujeres, una de ellas coreana. Hacen pinturas en tonos de gris pero los viajeros eligen la caligrafía. Todas se vuelcan en ellos. La clase es gratis y pagamos 60 yenes por el papel y la tinta que usamos. Nos enseñan también a lavar los pinceles. Luego marchamos al mercado del día 25, que tiene lugar en torno ese día del mes a los templos.
De regreso al riokan, donde han sacado las maletas de nuestra habitación, nos buscan un taxi y nos lleva a la estación. El taxista no deja de hablar por el móvil. Cuando llegamos nos indica qué tren debemos tomar y de qué vía parte. ¡Eso es lo que hacía hablando por teléfono! Cogemos el tren que parte a los pocos segundos de subir nosotros. Viajamos con el interrail nipón y no hemos reservado asientos. Hay vagones específicos para esos viajeros.
250806 Kanazawa
La llegada a la estación es muy bonita, con una tori de madera que parece sujetar el techo moderno, cristal y acero, de la estación. Un vigilante tira el cigarro que acaba de encender para llevarnos hasta la puerta del hotel por el que preguntamos. Le doy otro cigarro que tengo que obligarle a coger. Los viajeros visitan los parques y jardines del centro de la ciudad. Son hermosos y llenos de vida invertebrada. El paseo es relajante y dispone de miradores estudiados para dar las mejores vistas. Los jardineros trabajan sin descanso con la cabeza oculta tras una larga visera de paja, que les da aspecto de patos, sujeta con un pañuelo.
A la vuelta recorremos un mercado donde abunda el pescado fresco y la verdura. Luego otro fuerte de construcción similar a los ya vistos.
Al día siguiente llegamos a la zona de gueisas. La televisión coreana entrevista a Eva. Somos los únicos occidentales de la zona. Los jardines de las casas de las gueisas son más pequeños que los ascensores de El Corte Inglés. Las pinturas de las puertas son de un gusto exquisito.
En la estación de tren recibimos el eficaz auxilio de un voluntario y la amabilidad de una taquillera de JR. Ello nos permite reservar asientos hasta Tokio, aunque sólo hay plazas en vagones de fumadores por lo que se excusa la encargada de hacer la reserva. El viaje es idéntico. Los revisores con el mismo comportamiento, la vendedora de comida y bebidas con su carrito de avión. También hemos de hacer un trasbordo que se ve facilitado por las pantallas de la estación.
Los pasados meses de septiembre y octubre, he vivido una experiencia extraordinaria: he sido participante junto con otros ocho representantes españoles en el doceavo programa del Barco de la Juventud Mundial organizado y pagado por el gobierno japonés. Cada año durante doce programas consecutivos el gobierno japonés ha congregado aproximadamente a 120 jóvenes japoneses y unos 150 jóvenes de unos 17 países del mundo, de entre 20-30 años, en un crucero especial, a bordo de un trasatlántico llamado Nippon Maru, donde se busca la convivencia de estos jóvenes y el intercambio cultural. Al frente de cada delegación hay una persona leader-coordinador de entre 30-35 años. Este año yo he sido la afortunada leader al frente de la delegación española. El propósito del programa, según el gobierno japonés, es promover el espíritu de cooperación internacional, y la amistad y el mutuo entendimiento entre la juventud de Japón y de varias áreas del mundo, ampliar las perspectivas internacionales de estos jóvenes a través de la participación en diferentes actividades de intercambio que se realizan a bordo del barco, y durante la estancia en los países que se visitan, así como el estudio y discusión de diferentes áreas desde un punto de vista global. La idea es que cualquier acontecimiento que sucede en una parte del planeta afecta a otras, a veces en un efecto dominó. Las delegaciones participantes de este año eran de los cinco continentes, y para los actos oficiales estaban siempre colocadas en el orden de las Naciones Unidas. Dichas delegaciones eran las siguientes: Australia, Bahrein, Bélgica, Canadá, Egipto, India, Japón, Méjico, Noruega, Perú, Qatar, Seychelles, Sudáfrica, España, Turquía, Emiratos Arabes Unidos y Tanzania. Las embajadas japonesas de los diversos países participaron en la selección de las delegaciones. El programa estaba avalado por la Universidad de las Naciones Unidas, que tiene su sede en Tokio, y de la cual recibimos el correspondiente certificado al término del programa. El eslogan elegido para este año fue "Navegando en Solidaridad para un Mundo Mejor", pero las de otros años "Sembrando las Semillas de la Armonía Mundial" y "El Puente de la Amistad en el Mundo", eran también muy elocuentes respecto al programa. El recorrido fue el siguiente: el barco partió del puerto de Tokio, Yokohama, tras nuestra estancia en Japón de nueve días, el primer desembarco fue en la ciudad-estado de Singapur donde permanecimos casi un día mientras se rellenaba el tanque de combustible, aunque no constaba como uno de los lugares de visita oficial del programa. Seguidamente cruzamos el océano Indico, haciendo escala en las islas Seychelles, para luego dirigirnos hacia Ciudad del Cabo en Sudáfrica, tras cruzar el cabo de Buena Esperanza. A partir de allí la ruta fue de regreso, pero aun nos esperaban dos visitas tan interesantes y diversas como Tanzania, en su capital Dar-es-Salaam, y Dubai en Emiratos Arabes Unidos. Desde ahí, la última semana nos dirigimos a nuestro punto final, nuevamente Singapur, desde donde volvimos a casa, esta vez en avión. Las actividades incluían una estancia en una familia japonesa en una de las prefecturas |